En 1980, Adrián Balmore Bonilla salió de su natal Usulután y atravesó fronteras, colinas, ríos, quebradas y hasta el desierto para llegar a Estados Unidos sin más en sus bolsillos que “un cargamento de ilusiones”.
Veinticinco años después, Adrián viaja cómodamente en un avión hasta El Salvador varias veces al año para supervisar el hotel Santa Elena, del cual es propietario y que administra su hijo Juan José.
Cuando el compatriota emigró apenas tenía 20 años. “Fue una difícil travesía la que hice aquellos días, porque en el camino perdí hasta los zapatos y tuve que continuar descalzo y vencer todas las adversidades hasta llegar a California”, cuenta.
Luego de varios años trabajando, Adrián también estableció un taller de enderezado y pintura, llamado Bonilla's Auto Collision Center, en la ciudad de Sur de San Francisco. Allí, junto a su hijo Adrián y varios inmigrantes enderezan y pintan todo tipo de vehículos, oficio que Bonilla aprendió cuando estudiaba en el Instituto Nacional de San Miguel.
Desde joven, el compatriota tuvo el buen hábito del ahorro y cuando ya tenía suficiente dinero empezó a comprar casas en mal estado, las arreglaba y vendía a mejor precio en California.
“Llegué a tener hasta ocho casas y con esas ganancias pude construir mi primer hotel en El Salvador, porque descubrí que es un negocio muy rentable. Por ahora, todo lo he venido haciendo con capital propio”, explica.
Muy pronto, el usuluteco de 44 años espera concluir la construcción de un segundo hotel de 40 habitaciones en la playa El Zunzal, en La Libertad. El hotel incluirá un parque acuático con seis piscinas y seis toboganes para atraer a turistas nacionales e internacionales.
Bonilla está convencido del futuro de la industria turística en El Salvador, por eso, al terminar su segundo hotel espera radicarse de nuevo en El Salvador.